jueves, 22 de abril de 2010

Hemos despertado

De las cunetas emergen los muertos, empuñando verdades y memoria.
En las fosas se retorcían los, hasta ahora, abandonados huesos, desvencijados por el tiempo en soledad.
Gritos de calaveras que no llegaron a nosotros empiezan a retumbar en la conciencia de una sociedad callada por el miedo.
No hay vuelta atrás, hemos empezado a darnos cuenta de que la historia no debe ser un club exclusivo. De que este país no tiene dueños y de que somos maestros de nuestro propio camino.
Se abre un camino para aquellos que nunca hemos aceptado imposiciones por la fuerza, para recuperar, investigar y castigar a quien se reconoce asesino y se regodea de ello.
Esto no ha hecho más que echar a rodar. Los asesinos y sus compinches están ahí fuera sin careta y siguen pavoneándose de sus fechorías.
Pero eso se acabó. Hemos despertado.

lunes, 12 de abril de 2010

Ojalá

Hace ya más de 10 años de eso, pero recuerdo el momento no como si fuera ayer, sino como si estuviera sucediendo ahora.

Yo había descubierto unas cintas viejas de mis padres en las que aparecía escrito Silvio Rodríguez a un lado, y la música me había encantado. Aquellos eran días en que yo empezaba a tocar la guitarra, y un acorde cualquiera era manjar musical para mí, si era yo el que lo tocaba. En esas cintas empezaba a sonar un tipo de música que hasta el momento estaba un poco ausente de mi vida y que a partir de ese momento empezaría a formar cada vez más parte de mis días, como lo es hoy, que no pasa un rato sin que versos y canciones pasen por mi mente.

Yo tenía esa cinta casi gastada de escuchar el disco "Te doy una canción", pero parece ser que la mejor canción de Silvio aun no la había escuchado. No sé si será la mejor canción, es difícil decirlo con tanto material, pero el caso es que yo aun no había escuchado "Ojalá". Durante días empecé a hacerme una idea sublime de lo que podría ser esa canción, y parecía que me estaba creando más espectativas de las que podrían ser cubiertas debido a los elogíos de ciertos amigos.

Alguien me dejó una cinta en la que se incluía la versión del concierto con Aute "Mano a mano" y llegué a casa, y este es el momento que aun recuerdo con claridad. Puse la cinta en el viejo reproductor de mis padres en el salón, y me senté en el sofá. Sobre un griterío de voces y aplausos empieza a sonar un arpegio al tiempo que cientos de voces corean "Ojalá, Ojalá, Ojalá,..." y comienza a cantar Silvio sus versos. La canción estaba cumpliendo perfectamente las espectativas que yo me había creado. Pero. Pero Silvio se calla y empiezan a sonar esos cientos de voces cantando con tanta claridad y devoción, sobre una de las melodías mejores de la canción de autor, que algo cambió en mi concepción de la música.

Aquí cuento lo que sucedió, pero lo que yo sentí no cabe en simples letras.

domingo, 11 de abril de 2010

Una casa

No bastan las herramientas, ni los materiales. Para hacer una casa no basta con tener el terreno, comprar los materiales y saber hacerlo. Hay que querer vivir en ella.

En los últimos días se han cruzado en mi camino (o yo en el de ellos, vaya) varias historias de personas que piedra a piedra, mano sobre mano, cañería a cañería estaban construyendo su propia casa. Y en todos los casos podías imaginarte la casa ya terminada, con ellos sentados apaciblemente en el balcón mirando la gente pasar. Podías imaginarlo porque emanaban ilusión absoluta de cada palabra, de cada descripción de cada cuarto, de los materiales que irán en cada pared y de para qué servirá cada cosa.

No sólo no bastan las herramientas, sino que son incluso innecesarias, cuando lo que tienes es la ilusión de armar toda una vida en tu hogar. Y es de valorar el cariño y la pasión que la gente siente por lo que acaban denominando: "Mi hogar".

A raíz de esto me vienen a la mente historias desgarradoras, como las de los miles palestinos que son, literalmente, echados de sus hogares, bajo la atenta mirada y la absoluta indiferencia de todos nosotros. Me vienen a la mente historias de tantos emigrantes que sabiendo que su hogar no va a poder estar donde nacieron, son rechazados una y otra vez en otros tantos lugares del planeta. Me vienen a la memoria las historias de tantos y tantos hogares derruidos, vidas truncadas, proyectos en papel mojado.

sábado, 10 de abril de 2010

Argentina, un país de gente

Desde que llego intento cumplir mi papel de turista, ese que tan mal se me da y que tan pocas veces consigo asumir, pero es que en Argentina se emocionan enseñándote edificios antiguos, tan antiguos como cualquier parroquia española, y una vez que parece que he cumplido mi papel paso a lo que este país realmente aporta al turista: Sus gentes.



En Argentina la mejor manera de pasar una tarde es en una reunión cualquiera de amigos con mates de por medio, en la que salen a la luz charlas sobre Evita Perón, el corralito, Charly García y los Sui Generis, Fito y sus estudios de grabación graffiteados, el Proceso, las innombrables Malvinas, Maradona, Los Redondos, los porteños y su ego, digo, su acento e innumerables conversaciones de las que se salta de una a otra con la misma facilidad que se ceba un mate y se pasa al compañero.



En Argentina, además, las ciudades están llenas de vida. Buenos Aires es esa ciudad que no sólo nunca duerme, sino que siempre está de joda (fiesta). Entre locura de autos y peleas por conseguir moneda suelta para el colectivo aparecen historias urbanas de emigrantes gallegos, de desapariciones, de "mi primo se fue a España y se volvió", de tango, de asados, chacareras y de "si ya sabemos que todos los políticos son corruptos, pero al menos que hagan cosas".



Y todo esto entre estupendas llanuras llenas de sabrosas carnes y un telón de montañas que hacen de este país un lugar especial en el que nada más pisarlo comienzan a florecer canciones de Sabina y tantos otros que hacen que uno quiera siempre volver, aunque a veces sea con la frente marchita.

Los chicos de Palermo

"- Estos chicos se las saben todas. Míralos como se conocen a todo el barrio, qué pillos. Saben sacarle unas monedas o una sonrisa a cualquiera."

Esos chicos llevaban un rato hablando con nosotros. Deben tener 8 y 12 años, puede que sean hermanos o simplemente amigos, en todo caso: son vecinos.

En el barrio de Palermo, corazón de la ciudad de Buenos Aires, hay demasiados bares y demasiadas tiendas fuera del alcance de sus habitantes. Estos chicos parece que son parte del paisaje y uno se pregunta cómo serán sus vidas, sus casas, si comerán bien, si serán queridos por sus padres.

Al verlos hablar con los adultos y al sentir el especial cariño que nuestro amigo el gallego siente por ellos, uno se reconcilia con el barrio, sabe que hay algo que hacer, que el barrio no puede estar perdido si flota en el aire ese sentimiento de vecindad, de hermandad, de saber que aun hay gente que lucha por las calles, por las plazas como lugar de encuentro, y no como mero acceso a taxis para comprar en las boutiques más exquisitas del nuevo Palermo Hollywood.

A medida que la tarde cae y los comercios cierran, la plaza se va despoblando de esas gentes que la hacen plaza, que hacen barrio de este conjunto de casas y calles, y muchas preguntas acerca de los chicos, de sus casas y sus familias, quedan resueltas a verlos dormir apaciblemente, uno acurrucado al lado del otro, bajo un par de cartones y mantas roídas, a un lado de la plaza, frente las boutiques más exquisitas del Barrio Palermo.