lunes, 21 de noviembre de 2011

Decidir

Decidir de verdad. Cuando sabes que subirte al tren o no subirte es crucial. No esas decisiones de las que luego puedes arrepentirte. Hay momentos en los que es sí o no. Y punto. Y lo que suceda no tiene marcha atrás, como mucho un salto del vagón para volver a rodar por la ladera.

Pero ya me he caído más veces. No es verdad que las caídas me hagan tener más miedo. Al contrario. Me hace fuerte el hecho de saber que tras cada caída me levanto más duro y más sabio. Lo único que he aprendido es que quizás me guste mucho más caminar por el monte que viajar en tren.

Pero sí, seguiré subiéndome a los trenes que quiera, cuando me apetezca, sin pasaje, sin equipaje, y con la certeza de que ya sé saltar de un tren en marcha, cuando me lleva a paisajes descoloridos.


Miguel Blanco Otano.
Madrid, noviembre de 2011.

sábado, 12 de noviembre de 2011

Una mano temblorosa

[Cuento hecho ad hoc para el concurso del Museo Romanticismo 2011]

Fue una mano temblorosa la que le tocó el pelo húmedo y rizado la que hizo que despertara. No había ninguna luz, aunque ella no lo sabía a ciencia cierta, ya que no notaba los ojos. Se tocaba, se palpaba la cara, pero no notaba nada, ni siquiera encontraba esa mano que la había sacado del sueño. Esto también podría ser un sueño, pero las sensaciones eran demasiado reales. Demasiado reales, y demasiado ausentes. Eso era lo que más le preocupaba. No veía nada, no olía nada, no escuchaba. Lo único que le mantenía atada a la realidad era poder palparse la cara y el cuerpo, y ese regusto a su propia sangre de una herida en el labio inferior. Llevaba un rato intentando levantarse, pero las piernas no le respondían. Por fin decidió arrastrarse por ese suelo áspero, arenoso, en el que se encontraba tumbada boca abajo. La humedad de la tierra era evidente, pero ningún olor le venía. Se arrastró cuanto pudo tirando de sus piernas inertes, intentando afanarse a una esperanza de encontrar algo, una luz, una puerta, una ventana. Extendió su mano temblorosa y alcanzó a tocar un mata de pelo húmedo y rizado.


Miguel Blanco Otano.
Madrid, noviembre de 2011.

sábado, 5 de noviembre de 2011

Paris, jueves 11 de agosto de 2011

(Extracto de mi libreta de viajes; escrito en un banco de un anónimo y precioso parque del barrio parisino del Marais]

[…]

París, como turista, ya no me sorprende. Está genial, sigue ilusionándome como la primera vez ver la Torre Eiffel desde la carretera. El poderío de la ciudad sigue atrapándome. Pero lo que busco de ella no lo voy a encontrar como turista. Se refuerza en mí la idea de venirme a vivir. ¡Algún día! Es como Madrid, sí, pero multiplicado por diez.


Miguel Blanco Otano.

Paris, jueves 11 de agosto de 2011.


A veces, los sueños, se cumplen.

domingo, 30 de octubre de 2011

La publicidad y la crisis

La primera medida en la que todo el mundo ha estado de acuerdo para salir de la crisis ha sido prescindir de gastos innecesarios. Desde el ámbito individual a las grandes corporaciones, pasando por familias y gobiernos, la medida es de consenso (no es aquí donde analizaremos si se cumple finalmente o no).

Ayer viendo la televisión, 2 de cada 3 anuncios eran de coches. Anuncios muy elaborados con, aparentemente, mucho presupuesto. Auncios de empresas que están en crisis porque han bajado sus ventas. Damos por hecho que la gente tiene que comprar los coches que necesita, así pues crear una necesidad de coches superior a la real va contra la primera medida expuesta en el párrafo anterior.

Por otro lado, todas las empresas de coches se anuncian, y se anuncian bien, por lo tanto tampoco, tras los anuncios, ninguna empresa venderá más coches, ya que todas se han anunciado. ¿Qué ha sucedido? Que están igual que al comenzar el corte publicitario pero habiéndose gastado millones de pesetas/euros/dólares. ¿Con qué consecuencia? Con la consecuencia obvia de que el precio final del vehículo se ve incrementado para hacer frente a ese gasto.

Mi propuesta: Eliminar la publicidad como sistema de competencia directa, ya que no mejora la calidad de los productos, no orienta al consumidor, encarece la mercancía y crea necesidades no reales. ¿Cómo? No prohibiéndola, claro, sino aplicando un impuesto elevado a las actividades publicitarias.


Miguel Blanco Otano.
Madrid, octubre de 2011.

miércoles, 5 de octubre de 2011

La huelgas de la Jet Set

Pilotos, controladores aéreos, jugadores de la NBA, futbolistas, ... Ya no sé cuántos colectivos, de los que tienen un futuro bastante resuelto, están o han tenido problemas con sus patrones. No son obreros, no. No son clase baja, ni media. Son estrellas de la tele algunos o simples ricachones del barrio Salamanca otros. Pero en todos los casos se trata de alguien más rico que ellos que trata de robarles el pan de sus hijos, o el Ferrari que conducen.

No es lo mismo que te roben el pan o que te roben el Ferrari. O sí. Se trata de que en este mundo occidental todo se resume en la frase que mi amigo David me dijo hace muchos años, cuando aún éramos chiquillos: “Lo hace porque puede. Punto”. Y es cierto, hemos llegado al punto de que nuestra ambición no tiene límites, y si los directivos de un club de fútbol pueden subirse el sueldo a costa de que los futbolistas cobren unos millones menos lo van a hacer. Igual que el constructor paga lo mínimo posible al albañil, y que los bancos te sacan hasta el último céntimo en intereses. Ahí sí que estamos todos en el mismo bando.

Un pobre diablo sin trabajo y 3 niños no puede protestarle a nadie, pero los controladores aéreos sí, los jugadores de la NBA sí. No nos quejemos de lo que ellos hacen. Apoyemos el hecho de que nadie pueda aprovecharse de nadie, y exportemos esa causa a nuestros problemas más cercanos. Si ponemos trabas al que está debajo de la bota (ya sea perdiendo pan o perdiendo Ferraris) estaremos aún más perdidos.


Miguel Blanco Otano.
Madrid, octubre de 2011.